TODOS A LA CALLE

Polític
11/12/2017
Columnista: 

A contracorriente

No me refiero, en este caso, a la libertad de los presuntos delincuentes Sànchez, Cuixart, Junqueras y Forn, presos por decisión judicial. A los Tribunales corresponderá decidir sobre su futuro.

Hablo de la clase política española en general: al deplorable ejemplo que dan y a la necesidad de su renovación total. El llamado procès catalán ha sido un ejemplo de manual de pésima gestión política y de engaño colectivo a los ciudadanos. Me explicaré.

Por una parte, los dirigentes separatistas han insistido a sus votantes de que la secesión de España sería fácil y rápida y hasta acabaron haciendo una declaración unilateral de independencia como si tal cosa.

Ése, miren ustedes por dónde, no es mi principal reproche a su actitud. Lo es, en cambio, de que hayan engañado a los ciudadanos —por mala fe o por ignorancia, tanto da— al decirles al menos tres falsedades evidentes: una, que ninguna empresa abandonaría Cataluña a consecuencia del procès; dos, que no habría ninguna fractura social en la calle, y tres, que la UE recibiría con los brazos abiertos a una parte desgajada por la brava de uno de sus Estados miembros.

Pero la clase política del resto del Estado no es menos responsable que los independentistas: por desconocer el problema que se estaba incubando, por no ponerle remedio a tiempo, por lograr la desafección de gran parte del pueblo catalán hacia el conjunto de España y por ser incapaces, en consecuencia, de proponernos un futuro.

Debemos acabar, pues, con todos esos politicastros y sustituirlos por gente que sepa lo que se hace. Me temo, sin embargo, que los políticos que nos representan son iguales a nosotros mismos y que nos hallamos, pues, encerrados en un bucle sin salida.