¿SE SALVARÁ EUROPA?

30/05/2018
Columnista: 

A contracorriente

La espectacular subida de la prima de riesgo en Italia y España y la caída de sus bolsas son los últimos síntomas de desconfianza de los inversores —es decir, de la gente ahorradora— sobre el futuro de esos países. En Italia, debido a que lo único que une a la derecha y a la izquierda es su hostilidad hacia Europa; y en España, a causa de la corrupción, de la aversión al Estado y de la falta de un proyecto político a medio y largo plazo que están corroyendo las estructuras públicas.

A Francia no le va mucho mejor: una industria obsoleta, la ausencia de integración en el país de millones de musulmanes, el ascenso del nacionalismo excluyente y la falta de un horizonte nacional están pasando factura a Emmanuel Macron, el último de los reformistas, cuyo proyecto regenerador se enfrenta a una fuerte reacción social. El que uno de sus últimos primeros ministros —Manuel Valls— a lo único que pueda aspirar es al improbable cargo de alcalde en una ciudad de otro país —Barcelona— lo dice todo.

Europa, pues, a falta de una identidad imposible, se debate entre un nacionalismo excluyente —como la Hungría de Orbán— o un imposible multiculturalismo integrador que carcome a países como Bélgica, Alemania o Suecia, donde existen colectividades que en la práctica viven al margen del Estado y en la inquina hacia él. Y qué decir de Gran Bretaña, que, a sus problemas de periódicos estallidos sociales y étnicos y la permanente tensión entre sus comunidades históricas, une el haberse dado un tiro en el pie con su salida de la UE.

Paradójicamente, solo el extremo oeste de Europa, Portugal, hace crecer su economía, rebaja sus problemas sociales y consigue integrar mejor a unos inmigrantes a los que une su condición de luso hablantes. Mientras, en el este, autocracias del tipo de la del turco Erdogan se excluyen de poder entrar un día en la UE y se sitúan en el más rancio y expansivo de los nacionalismos.

Con estos recientes, reiterados y peligrosos síntomas, la Europa común que ilusionó a sus habitantes hace sesenta años parece mucho más próxima a estallar que a avanzar: como si eso fuera una esperanza para arreglar los problemas de sus ciudadanos en vez de agravarlos.